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No way on the subway ▪ Indigo.

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Mensaje por Knox K. Sinclair el Jue Mar 03, 2016 11:22 pm
No way on the subway

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.”

Las palabras brillaban sobre el papel blanco adornado con diminutas virutas de bizcocho que daban a entender su reciente salida de una de las populares galletas de la fortuna, el inglés las leía por sexta vez, sus ojos del color de una castaña se detenían en un epíteto en particular: destino. Una fuerte exhalación indicaba la forma en la que se había perdido en su propio subconsciente, en la que sus pensamientos fueron cubiertos por un velo de cuestionamientos que lo alejaban de la realidad. Sin la repentina parada del metro, con las características indicaciones repitiéndose por los altavoces, la caja rectangular que aguardaba entre sus dedos habría caído contra el metálico suelo, perdiéndose entre el centenar de apresurados pasos que apretaban hacia la salida; quizá la mala suerte decidió abandonarle y atacar a algún otro incauto menos atractivo, menos listo o con menor talento, meditó sardónico, esbozando una sonrisa que se reflejó por un segundo en las comisuras de sus labios, mientras arrugaba el proverbio en su diestra.

Desde su llegada a la metrópoli americana, era la primera ocasión en la que abordaba el subterráneo y hasta entonces no se presentaba como la experiencia dantesca que imaginó, siempre que estuviera lo suficientemente distraído para ignorar a la treintena de personas que se apretujaban contra él cada diez minutos, quizá con la esperanza de que finalmente desocupara el asiento, fue cuando lo notó, su mirada recorrió rápidamente los múltiples anuncios parpadeantes de la máquina, su empeño por ignorar el entorno también le hizo olvidarse por completo de su parada. No. Observó su reloj, faltaban solo cinco minutos para las cuatro de la tarde, hora límite de su entrega, y era, más o menos, la cuarta vez que llegaría tarde en los últimos dos días, como parte de un trabajo en el que lo habían contratado hacía precisamente dos días. Inevitablemente su visión detalló el lugar buscando alguna cosa que pudiera reconocer, por un momento regresó a su mente la pregunta que el contratista le había hecho el día de la entrevista, “¿conoces bien la ciudad?”, también la mentira que él le ofreció sin ninguna dubitativa, “a la perfección”.

Cómo no, si la añoranza que sentía por encontrarse a un océano de distancia aún le hacía imaginarse el Big Ben allí donde se eleva el One World Trade Center, finalmente se dio por vencido, leyó por última vez la dirección de entrega etiquetada sobre la caja y se levantó, empujándose entre la gente ataviado en el uniforme, de camiseta y gorra azul, de la compañía de envíos. Con las posibilidades otorgadas por un vagón mucho más despejado, intentó hacer una nueva evaluación que el metro en movimiento no tardó en frustrar. El pesimismo del que con inquisitivos argumentos se quiso librar a sí mismo esa misma mañana, amenazaba con ganarle la partida, y su humor le habría hecho lanzarle a la cara la penosa gorra añil al primero que se le presentara de no ser por la considerable mejora de la vista panorámica, que le convenció de arañar su orgullo y echar mano de una posible brújula viviente. —Hola. —dijo en voz alta hacia la danzante cabellera rubia. —¿Estoy siquiera cerca de la calle 225 de Marble Hill? —no de esta ciudad, Knox.



What do you do when you stop trusting everyone, including yourself?

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Mensaje por Invitado el Lun Mar 07, 2016 9:04 pm
Get a map, tourist
Entre sus delgados dedos sostenía un panfleto del Museo de Artes de Brooklyn que había conseguido dos días atrás; en él se hacía alusión a las piezas recién adquiridas, que llegaban a completar la vasta exposición sobre el antiguo Egipto y que se encontrarían a disposición del público a partir de aquel día. Indigo mostraba una sonrisa ladeada mientras que sus orbes detallaban el exquisito collar antiguo que resaltaba entre la variedad de imágenes impresas; todavía no disponía de alguna persona interesada en adquirir alguna de aquellas piezas pero sabía que tendría clientes tarde o temprano, por esa misma razón se encontraba en dirección al museo, evaluaría la seguridad con la que resguardaban tan preciados objetos.

Con el rabillo del ojo alcanzó a visualizar un asiento desocupado y se apresuró hacia él antes de que alguna de las apuradas personas que ingresaban en el vagón se lo ganara. Apenas segundos después tuvo que alzar la vista hacia la voz que le había hablado; en cuanto su mirada se cruzó con las facciones de aquel chico un escalofrío la recorrió, seguido de unas casi irrefrenables ganas de estamparle el puño contra el rostro, en cambio le sonrió. Ella misma se había sorprendido ante el repentino cambio de emociones que había tenido pero se dijo a sí misma que debía calmarse, seguramente el acabar con tantos miedos de un tiempo para acá ya le estaba afectando. Enarcó una ceja y su rostro se tintó con una expresión de diversión cuando escuchó su pregunta. —Creo que escogiste el trabajo equivocado. —al recorrerlo con la mirada había reconocido a la empresa para la que trabajaba, no era inusual ver por la ciudad a una decena de chicos con aquel uniforme, dedicándose a repartir infinidad de cosas, e inclusive ella misma había solicitado sus servicios en varias ocasiones. —Del Reino Unido, ¿cierto? —aquel inconfundible acento siempre le resultaría encantador aunque sonara muy divertido cuando lo intentabas comparar con el desgarbado acento norteamericano. Le volvió a sonreír.

—Vamos, esta es nuestra parada. —la voz mecánica de los altavoces había vuelto a anunciar un destino y el metro se detuvo apenas un minuto después. La rubia se había levantado con rapidez y se había escabullido del vagón en cuanto se abrió; sabía por experiencia propia que si no te abalanzabas hacia afuera en la primera oportunidad, bien podrías ser apachurrado por las puertas metálicas y no era una experiencia acogedora. Giró su rostro hacia el chico de las entregas y le hizo una seña para animarlo a que la siguiera, por si sus palabras no lo habían hecho antes. Y una vez que la alcanzó, la chica los dirigió hacia la salida, esquivando al tumulto de gente durante el ascenso de los escalones. —¿A qué hora se supone que debes entregarlo? —lanzó una mirada a la caja que el chico sostenía entre sus manos y un escalofrío volvió a recorrerla, aquella extraña sensación no lograba disminuir ni siquiera cuando ya se encontraban siendo bañados por la luz del día. Disminuyó la velocidad de sus pasos y se detuvo en un pequeño puesto de revistas casi en la esquina de la calle, le dedicó una sonrisa a la chica que lo atendía mientras buscaba algo en el aparador. Bingo. Sacó un par de dólares del bolsillo y los entregó para poder irse con su compra.  

Le volvió a sonreír a su acompañante y dio una pequeña vuelta sobre su propio eje, mientras se mordía el labio inferior, para terminar de ubicarse. —Dos calles en aquella dirección y después doblas a la derecha. —indicó, señalándole con un par de sus dedos el rumbo que debía tomar. —Y aquí tienes a tu nuevo mejor amigo. —le colocó el mapa recién adquirido sobre el paquete entre sus manos y dio un par de pasos hacia atrás para comenzar a alejarse. —Suerte con tu trabajo, turista.

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